La conducta del ejército imperial en España, con la intervención de Merlín en Vitoria como colofón, llevó a Miguel Ricardo a plantearse el estado de las cosas. Finalmente, decidió incorporarse al Ejército español. Era una jugada arriesgada ya que podía acabar prisionero de las tropas napoleónicas o, incluso, perder la vida. Por ello, se encerró en su casa-palacio y el 8 de agosto de 1808 hizo testamento.

En el protocolo número 9.899, conservado en el Archivo Histórico de la Provincia de Álava, podemos leer sus últimas voluntades. En primer lugar, que su cuerpo, amortajado con el hábito de Nuestra Señora del Carmen y adornado con sus insignias militares, fuese sepultado en lugar sagrado. En segundo lugar, que se celebrasen misas y sufragios por su alma. En tercer lugar, que sus tíos fuesen sus albaceas. Finalmente, que sus hermanos José Ignacio, María Rosario, María Antonia y María Escolástica fuesen sus “únicos y universales herederos”. No obstante, un documento personal inédito, aportado por su biógrafo Gonzalo Serrats, revela que, al día siguiente, nombró a su hermano José Ignacio como único y universal heredero.

Una vez solucionado este trámite y tras aplazar la boda con su prometida Loreto, Miguel Ricardo enfiló rumbo hacia Madrid. Comenzaba una nueva etapa en su vida.