En marzo de 1808 ya había unos 100.000 soldados imperiales acantonados en la Península. Además, los acontecimientos internos de España, marcados por el enfrentamiento en el seno de la Familia Real, favorecieron aún más los proyectos de Napoleón. No le costó nada atraerla a Bayona al presentarse como árbitro en sus disputas. El plan funcionó y tras los sucesos del 2 de mayo en Madrid, Fernando VII abdicó en su padre Carlos IV y éste, a su vez, en Napoleón. El 4 de junio, el Emperador proclamó a su hermano José como rey de España. Sin embargo, para entonces, toda España estaba en guerra abierta con el invasor imperial.

Pese a las continuas advertencias francesas, las autoridades alavesas se mostraron pasivas a la hora de jurar fidelidad al nuevo monarca. El 11 de julio, el general Christophe Merlin, edecán del rey, informó a las Juntas Generales alavesas sobre las consecuencias en caso de no reconocer a José I. Éstas pretextaron la imposibilidad de hacerlo si antes no se hacía su proclamación en Madrid. Se envió a Vergara a los procuradores Miguel Ricardo de Álava y José Murga para tratar la cuestión, en persona, con José quien, finalmente, accedió a la solicitud alavesa. Sin embargo, sobre un tablado en la Plaza Nueva de Vitoria, Merlin terminó obligando a los diputados alaveses a jurar fidelidad al rey a punta de bayoneta.

Este suceso afectó a Miguel Ricardo. Si bien es más que probable que José I intentara convencerle para que se pusiera a su servicio por ser escasos los oficiales españoles que hablaban francés, nuestro protagonista ya estaba plenamente convencido de abandonar la causa josefina.