A principios del siglo XIX Francia era la potencia hegemónica en el continente europeo. Al frente, Napoleón Bonaparte (1769-1821), un joven oficial corso cuyos triungos militares propiciaron una meteórica carrera política: de oficial de artillería (1793) a emperador de los franceses (1804).

Mientras tanto, en España se pasó de una inicial admiración hacia su figura y sus victorias europeas a una completa desconfianza por la sensación respecto a Francia. La alianza con ésta arrastró a España a una serie de enfrentamientos con Inglaterra que nada le beneficiaron y que provocaron, en 1805, la pérdida de la flota en Trafalgar.

España era un país agrícola y con poca industria, con una sociedad estamental y un atraso cultural en comparación con otros países de Europa. No obstante, aún conservaba un vasto imperio colonial lo que, unido a su inestabilidad política interna y a unos Reyes manejables, despertó en Napoleón la idea de hacerse, de un plumazo, con el trono y los recursos españoles.