A mediados de 1843 Miguel Ricardo volvió a casa. Sin embargo, su salud estaba muy quebrada. Los dolores que padecía como consecuencia de dieciocho años en el mar y siete en la guerra, de las heridas de combate y de un fuerte golpe en la cadera en 1823, agravados por la edad y el clima, le llevaban a acudir regularmente a balnearios.

Antes de partir hacia Francia, intuyendo que su final se acercaba, redactó un nuevo testamento el 23 de junio. En el texto resulta patente su preocupación por Loreto al punto que dejó establecido que su esposa, como “única y universal heredera”, podía disfrutar libremente de sus bienes. Hechos estos trámites, la pareja partió hacia Baregés, una estación balnearia pirenaica, donde Miguel Ricardo falleció el 14 de julio de 1843. Su entierro tuvo lugar en la localidad de Betpouey, cerca de Baregés.

En 1884 una comisión alavesa, compuesta por Juan de Aldama (presidente de la Diputación), Francisco Juan de Ayala (exdiputado general), José María de Zavala (ex-alcalde de Vitoria) y Ricardo de Álava (único representante de la Casa de Álava), viajó a Betpouey para proceder al traslado de sus restos a Vitoria. Hoy, Miguel Ricardo
reposa junto a Loreto en el panteón familiar del cementerio de Santa Isabel.