La represión política no fue algo nuevo para Miguel Ricardo. En 1808, todos sus bienes fueron confiscados por el gobierno josefino; en 1812, tras la entrada aliada en Madrid, su decreto de amnistía para los militares josefinos o “jurados” le acarreó el odio de los más radicales; y en 1814 ya señalamos su prisión a raíz de la denuncia de Nicasio José de Velasco, teniente Diputado de Álava.

En 1823, proscrito y con sus propiedades incautadas, se encontraba en el exilio. Wellington fue su gran protector en Inglaterra a donde arribó desde Gibraltar. Le recibió en persona y le proporcionó, en su residencia de Stratfield-Saye, una casa con todas las comodidades. Allí permaneció tres años que aprovechó para relacionarse con lo más selecto de la aristocracia británica. Incluso llegó a recibir la visita del rey Jorge IV quien le regaló un bastón.

En 1826 pasó a residir a Tours, ya que su salud se resentía con el clima inglés. Allí se reencontró con Loreto, quien, desde Vitoria, había cuidado de sus bienes secuestrados. Durante esa época, Miguel Ricardo no dejó de cultivar sus buenos contactos y la diplomacia. En la ciudad a orillas del Loira llevaría una vida sosegada, con visitas periódicas a balnearios, hasta que en 1834 vovió a España.