Hacia las 17:30 el frente imperial ya estaba completamente roto y José I y Jourdan, ante el peligro de que todo su ejército terminase copado, ordenaron tocar retirada. Desde el alto de Jundiz, Miguel Ricardo observó el derrumbe enemigo y, sin perder tiempo, solicitó a Wellington que le prestase una unidad de caballería para entrar en la ciudad y cerrarla. Su amigo le cedió una de sus mejores unidades, el 1º de Húsares de la “King German Legion”, compuesta por alemanes.

Junto al Príncipe de Orange, el militar vitoriano se internó por el Camino Real y, tras rodear las últimas defensas imperiales, penetró en la capital alavesa expulsando de ella a los últimos soldados enemigos. Poco más tarde, pediría a las multitudes que habían salido a vitorearle que cerrasen puertas y ventanas porque los que estaban a punto de venir eran peores que los que se habían ido.

Su petición estaba justificada ya que había sido testigo de la suerte de Ciudad Rodrigo y Badajoz en enero y abril de 1812. Ambas localidades fueron horriblemente saqueadas por unas tropas que habían llegado como libertadoras. Esto no sucedería en Vitoria donde, a la noche, la calma era completa. Como agradecimiento, una comisión municipal le hizo obsequi, en enero de 1814, de una bella espada de ceñir con sus iniciales y varios símbolos del escudo de armas de la familia Álava grabados en la empuñadura. Hoy, esta espada se conserva en Londres ya que Miguel Ricardo se la regaló a su gran amigo Lord Fitzroy Somerset.