El 17 de marzo de 1813, cumpliendo órdenes de su hermano, José I abandonó Madrid por última vez. Escoltado por un impresionante convoy y seguido de cerca por Wellington, el “rey intruso” llegó a Vitoria el 19 de junio.

La situación del ejército imperial era muy grave ya que estaba en inferioridad numérica, desmoralizado y disperso por el País Vasco, Navarra y La Rioja. Ese 19 de junio, miles de soldados imperiales fueron llegando a la Llanada y acamparon donde buenamente pudieron. No había un plan de operaciones sólido, se carecía de información sobre los movimientos enemigos y, por si fuera poco, su principal comandante militar – el mariscal Jourdan – estaba en la cama por un ataque de fiebre. En el lado aliado, Wellington tenía información detallada sobre la situación de ambos ejércitos. Contaba con una tropa motivada y con unos oficiales bien cualificados. A su lado estaba Miguel Ricardo, su hombre de confianza español y con quien empezaba a unirle una duradera amistad. Éste le transmitió, de primera mano, información muy valiosa sobre el terreno, los pueblos y las vías de comunicación. El plan de batalla de Wellington, único en sus campañas militares, consistió en un movimiento de tenza para, de este modo, copar al enemigo contra Vitoria.

Informado de que José I no recibiría refuerzos para el día 21, el Duque de Ciudad Rodrigo ratificó los últimos detalles de su plan. Al amanecer, bajo una fina lluvia, ambos ejércitos se colocaron en posición. Comenzaba la batalla.