Como agentes de la ley, los policías forales han portado armas con las que poder defenderse a sí mismos o a otras personas de una agresión, evitar la comisión de un delito o practicar una detención. Debemos tener en cuenta que, hasta el siglo XX, trabajar como cuadrillero, celador o miñón era un oficio de riesgo. A veces, mortal. Este oficio era aún más peligroso en épocas de crisis militar o económica al producirse un mayor número de delitos y una resistencia más violenta a la autoridad. De ahí que se valorase, como requisito de ingreso, la experiencia militar.

Frente a las amenazas de los malhechores, los cuerpos forales disponían de diverso armamento, tanto armas blancas como armas de fuego. Habitualmente, dichas armas eran suministradas por la Diputación lo que representaba un alto coste económico para las arcas provinciales. Carabinas, pistolas, escopetas, fusiles y bayonetas han sido algunas de las armas usadas por los miñones a quienes se responsabilizaba de su mantenimiento.