En los años veinte del siglo XIX se planteó la necesidad de construir un edificio que sirviera como sede para las instituciones provinciales. Las obras, conforme a los planos del arquitecto vitoriano Martín Saracibar, se llevaron a cabo entre 1832 y 1844. Su inauguración oficial tuvo lugar el 18 de noviembre de 1844 coincidiendo con el día de Santa Catalina, fecha en la que tradicionalmente se celebran Juntas Generales ordinarias. Al igual que otros lugares de reunión de las instituciones provinciales, los miñones son los encargados de custodiar y, en caso necesario, defender este edificio.

En diciembre de 1873, ante la previsión de un asalto carlista a Vitoria, el comandante de miñones Domingo Baraibar presentó un plan de defensa del Palacio de la Diputación que atendía a tres cuestiones: obras de defensa, personal y suministros. Entre otras medidas, se dispuso la instalación de verjas interiores de hierro en puertas y ventanas, la elevación de un muro en la plataforma de la escalinata, la colocación de sacos terreros en los balcones, la formación de una sección de empleados armados y el nombramiento de una persona que  comandase la defensa del edificio. Asimismo, se solicitaron 20.000 cartuchos y se adquirieron víveres suficientes para mantener, durante 8 días, a 150 hombres. Aunque finalmente la temida incursión carlista no tuvo lugar, el plan de Baraibar dejó nuevamente patente la tradicional fidelidad del Cuerpo hacia
la Diputación.

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