La Primera Guerra Carlista, especialmente durante sus primeros estadios, adquirió unos matices de verdadera crueldad. Ambas partes acabaron enfrascadas en una espiral de acción-represión-acción que recordaba los horrores de la Guerra de la Independencia. La noche del 15 de marzo de 1834, tras el fallido asalto carlista a
Vitoria, varios prisioneros carlistas fueron pasados por las armas. La venganza recayó sobre una columna de unos 200 celadores que, acantonada en Gamarra Mayor, había sido dispersa y apresada por las tropas carlistas cuando acudía en ayuda de la cercada capital alavesa.

En virtud de una ley penal carlista y por orden de Tomás de Zumalacárregui, 118 celadores fueron fusilados, el 17 de marzo, en las tapias del cementerio de Heredia. De nada sirvieron las protestas de algunos alaveses que, enrolados en las filas carlistas, conocían a los reos. Los acontecimientos de Heredia fueron un episodio más de la locura de aquella guerra. Tal era el nivel de crueldad que el ex-Diputado General Miguel Ricardo de Álava, a la sazón embajador extraordinario en Inglaterra en 1835, llevó a cabo diversas gestiones que consiguieron,  además del apoyo británico al bando cristino, poner freno a las cotas de violencia que estaba adquiriendo el conflicto. Ello se concretó en la firma del Convenio Elliot, en abril de 1835, por el que ambos bandos se comprometieron a acabar con las ejecuciones indiscriminadas y a promover el canje de prisioneros.